Este jueves uno de mis discos duros dejó de durar. Era algo que podía esperar pero nunca lo pude anotar en mi agenda. Su nivel de trasferencia de 480 Mbits/s pendía de un hilo, caminaba despacio, su buffer ya no llegaba a 8 Mb, se quedaba sin oxígeno, pero aún seguía contándome historias mientras comíamos dulces.
Mi disco hizo crash cuando lo separaron de su computadora de siempre. Ya era viejo, arrugado y cascarrabias, pero sé que se había corrido sus fiestas y desfases.
